domingo, 16 de noviembre de 2008

THE HIGHLANDS

Édgar Franco

Lo que parece ser una antigua calzada romana me conduce a la majestuosa construcción; un castillo de estilo gótico que descansa sobre el punto más elevado del paraje, tupidas manchas de bosque envuelven las colinas, alrededor; los riachuelos de agua cristalina cubren piedras que asemejan formar rostros, a sus orillas los caminos rodeados de árboles se pierden en el vacío apenas perturbado por ovejas y vacas melenudas, al otro extremo están los acantilados que dan la frente valiente a las olas que dejan sentir la brisa por la tarde.
El eterno otoño – paleta de verdes olivo, amarillos y marrones- cubre las montañas y los valles, aquí mi espíritu se eleva libre y es capaz de reconciliarse con todos esos mundos que atormentan y alegran mi persona.

Este castillo de altas torres y vitrales finamente decorados; es mi fortaleza y mi refugio, aquí el tiempo marcha diferente, durante el día parece detenerse y por las noches , mis miedos internos y las sombras danzan hasta el amanecer, la luna se proyecta sobre las rocas de mar y las cuevas se convierten en ojos y bocas, ver el amanecer es espantar los espiritus de la noche.
El edificio se encuentra en lo alto, para llegar a el es necesario subir por centenares de escalones labrados en roca, resbaladizos y estrechos, atravesar un pasillo oscuro y largo, para luego salir de él y encontrarse con las puertas del castillo. Ya dentro mi vista no tiene reposo; pinturas, esculturas, bibliotecas que parecen no tener principio ni final, los pasillos están repletos de armaduras medievales y frescos que narran aventuras épicas de caballeros, dragones y otros seres mitológicos, através de las ventanas, la mirada se extiende hacia las montañas y no muy lejos se pueden ver las columnas de mar, todo un desconcierto para los sentidos.

El patio con muros grises enverdecidos por la humedad; guardan un olor penetrante a tierra mojada, al alzar la vista veo puentes al aire que comunican balcones empinados., y al frente hay pasadizos que se pierden en la obscuridad formando laberintos de roca, uno de estos pasajes me lleva de nuevo al exterior.
Ahí afuera están las ruinas celtas, como esperando el regreso de su antigua gloria, mientras tanto yo paseo con mi bicicleta debajo de las nubes que amenazan tormenta, cobijado por el viento y el silencio del tiempo pegado a la piedra.
En unas horas, la noche se comerá el castillo, iluminara las colinas y saldrán los fantasmas.
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